Pronóstico reservado

Nubosidad variable. Tiempo inestable, con ocasional caída de granizo. Aunque parezca mentira, el discurso que adoptó el servicio meteorológico luego de haberse acostumbrado a la posibilidad caótica de las piedras no difiere mucho de lo que últimamente se oye en los medios de comunicación. Posibilidad de tormentas eléctricas y fuertes ráfagas de viento. Incertidumbre. Al salir de casa, el golpe del día recibe y despide a los ciudadanos con el sol más radiante. Los medios de comunicación ya funcionan de una manera muy similar a la del clima: se han tornado ciertamente impredecibles.Llamativos resultan los últimos pronósticos. Luis Majul es proclamado ganador del Martín Fierro por su ciclo La Cornisa y rompe las olas con un discurso creado para la polemización. 6, 7, 8 desde la vereda de enfrente en Canal 7, es una voz indudablemente necesaria, pero que tampoco es la voz de la verdad. Y mucho menos la voz de la libertad de expresión.

Por Hernán Bazán: escritor,  Productor de la revista COMUNICA (San Miguel)

Es la voz “analítica” (casi obedeciendo a mandatos de lecturas universitarias) y representativa de los intereses del gobierno Kirchnerista, y sale a retrucar, con notoria antipatía, todo lo que se interponga en su camino. De esta manera, ya es un hábito oir conclusiones del tipo “es interesante ver como los medios se apropian de ciertos discursos para resignificarlos” o “cómo los medios representan la realidad”. Sin redescubrir el mundo pero con evidentes pretensiones astronómicas, se apela a una nueva forma de vivir el periodismo: cada vez más alejado de la honestidad intelectual y comprometida, pero cada vez más cerca de la miseria en el nombre de la libertad. 

Intereses inducidos con el uso de palabras que nunca antes habían sonado con tanta afluencia: hegemonía, poder, medios de comunicación, monopolios, miedo, fascismo, persecusión, escraches, dictadura, libertad. Se expanden incluso a territorios insospechados, desde Duro de Domar en Canal 9 hasta la aparición de Jacobo Winograd en la feria del libro. Y así, la tapa de la revista Noticias desenfunda “Fachoprogresismo” y reluce un trucaje de Néstor Kirchner que en lugar de esvásticas muestra una letra K en su brazo. Aún cuando a nadie le resulta ajena su conocida demagogia autoritaria, el bullicio no deja de multiplicarse. Clarín saca una nota mínima hablando de “la política como espectáculo” creyendo en el descubrimiento de un séptimo continente. La Nación expone las irregularidades del gobierno y sus funcionarios. Perfil saca chispas del pasado periodístico de Orlando Barone. Página/12 realiza sus aportes con altas pretensiones opinativas. Los trabajadores de Crítica no la están pasando nada bien (no son los únicos). ¡Cuántas palabras! ¡Cuántas visiones!

Sin embargo, los pronósticos continúan su marcha hacia el titubeo y su fundamento comienza a diluirse: “TN puede desaparecer”. Ataques contra los periodistas. La insinuación de Joaquín Morales Solá hacia la muerte. La víctimización. La denuncia pública de la posición de víctimas. La mutación del enemigo en “K” u “opositor”. Pero contra toda clase de presagios, hay algo que no se está teniendo en cuenta. Es recurrente en el periodismo interponer a “la gente” como una excusa que justifica su accionar. Hoy por hoy, la tan mencionada Libertad de expresión se ha convertido en una nueva excusa inmersa en la disputa del poder. Pero no es cualquier pretexto, porque obra a través de la negación de su propia libertad en función de pertenencias, ideologías e intereses ligados a sistemas políticos y económicos en constante forcejeo. ¿Es que acaso existió hasta ahora algún hecho significativo sobre la Libertad de expresión y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, más allá de las marchas (auto)convocadas? La respuesta es negativa, mientras se hable de la libertad al mismo tiempo que se la pierde en la oscuridad del océano discursivo, alimentado por el escándalo y los movimientos efectuados en el ajedrez de los medios de comunicación que hoy informan al país.

Por ello es que también aparecen variantes que contaminan con más fuerza los usos y posiciones discursivas. Así, la semana pasada, en Duro de Domar, Fernanda Iglesias se refirió a la Libertad de Criterio. Discurso incomprometido, que aludiendo a la falta de criterio para fomentar la Libertad de expresión, se desliga de su propia responsabilidad. Esto es así porque la responsabilidad es depositada en la palabra, que tampoco se traduce en lo concreto de un hecho que al fin y al cabo no se exterioriza, sino que se reprime. Mientras tanto, el canal virtual del PTS apuntó a la Libertad de opresión. En este caso se habló desde los extremos. Personajes malévolos y superpoderosos contra los santos trabajadores relegados al lugar más bajo. Así, el ideal se degenera. La cuestión de fondo, con sus necesarios grises, es olvidada y la libertad de expresión continúa su desértico camino hacia la excusa. He ahí la mascarada que representa un conflicto conocido, asumido, y muchas veces encerrado. Se trata de realidades vividas por muchos en lo cotidiano, y que al mismo tiempo se producen desde la artificialidad. Fanatización. Libertad prisionera. Esputar palabras en nombre de otras palabras. Pensamientos de un cerebro ajeno. ¡Vaya alienación comunicativa!

Entonces, vale la pena preguntarse: ¿Dónde está realmente la libertad de expresión? Hay que enriquecer el debate (aún pendiente) hacia los medios, con los medios y desde los medios. Puede ser posible hablar más seriamente de libertad de expresión mientras exista una voluntad y un compromiso por arrojarse a la libertad misma.

 Se espera, mientras tanto, un cielo despejado. Para mañana, el pronóstico está reservado.

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